13/07/2005

Hablando se Entiende la Gente

Cuesta darse cuenta, a veces incluso para uno mismo, que uno habla con cincuenta, quizás cien personas diarias, en casi cualquier puesto de teleoperador. Para los que no somos personas especialmente sociables, o que no sentimos la necesidad continua de hablar sin parar, puede resultar desesperante.

Si a esto le sumamos que la mayor parte de las conversaciones son luchas de voluntades, malumorados regateos, comentarios desagradables sobre uno mismo, la empresa para la que trabaja, y el "maldito país bananero en el que vivimos", por ese orden o por cualquier otro, podemos llegar a la conclusión de que el gestor telefónico es uno de los trabajadores de nervios más castigados. Vale que uno no tiene, por lo general, muchas responsabilidades, ya que suele disponer de operativas más o menos completas, y si se ciñe a ellas no le pedirán responsabilidades desde la empresa.

Pero ya hablaremos otro día de salud mental, si acaso. Hoy sólo dejar constancia de la cantidad de personas que desahogan sus nervios por teléfono, y, sobre todo, de la mentalidad de cliente insatisfecho, que es ese que primero pide un servicio, cuando se le da se queja de que ayer no se lo dieron; pide el segundo, y cuando se le proporciona protesta porque no se le ha dado sin tener que pedirlo; y por último pide el tercero y, si ha terminado, se despide con eso de: "¡Por fin podré dejar de hablar con inútiles como vosotros!"

10/07/2005

Premios 20 Blogs

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08/07/2005

Prevención de Riesgos

Una vez, hace mucho, mucho tiempo, y en un país muy lejano, dicen que vivió un trabajador llamado "Delegado de Prevención de Riesgos Laborales", dicen que medía tres metros y medio y era hermoso, también dicen que era pequeño, verde y cabezón, el caso es que, como nadie lo ha visto jamás, no podemos asegurarlo.

En estos fríos tiempos (figuradamente, claro, que uno que escribe está empapado en sudor del bueno), la presencia material, digamos, carnal, del delegado de prevención ha sido sustituida por un folio, puede que folio y medio, en donde te dicen más o menos que tienes que mirar el monitor a cierta altura, sentarte un poco más así que asá... Ahora bien, si el falso techo parece a punto de caer encima tuyo o de un compañero, no habrá nadie que se preocupe de apuntar que quizás no sea el ambiente de trabajo más adecuado.

Luego hay otros apartes, uno puede trabajar quince años de noche sin que nadie le enseñe mínmas nociones de higiene del sueño, puede descalcificarse, puede ser un hombre/mujer orquesta en el cual cada huesecillo haga su ruido particular, el famoso hombre crujido del Missisippi, en fin, uno puede caerse a trocitos, que nadie prestará a esos detalles, siempre que cruja erguido en su silla y mirando más bien desde la parte de arriba del monitor.

 

Crujamos hermanos hasta que no nos tengamos.

06/07/2005

Aire Acondicionado, Arma Biológica

En realidad de trata de un tema que no se reduce al ámbito del telemarketing, pero que nos afecta, sin duda, a todos los que teleoperamos, porque lo hacemos en oficinas de esas que llaman "Edificios Inteligentes", pero que parece que nos han salido un poco tontos, los mis pobres.

En los primeros días del invierno, cuando empieza a apretar el frío, basta entrar al trabajo para que el soplido helado del aire acondicionado se deslice por tu espalda provocanto esa semana de baja por contractura muscular, mientras todos los oficinistas del mundo estornudan unidos en sus gérmenes. Pero, aunque pueda parecerlo, lo peor no es convertirnos en polos de persona, porque finalmente uno acepta la molestia de llevarse "una rebequilla" o, en su defecto un plumífero para aguantar el frío en el trabajo. Mucho peor, demoniaco, es el aire acondicionado, ese viejo amigo (Señor, líbranos de nuestros amigos, que de nuestros amigos ya nos libramos nosotros).

Cogemos un rojo fogoso para hablar de este tema. Porque hablan en los medios de comunicación del cuidado que hay que tener con el "golpe de calor", suponiendo, ingenuamente, que este golpe se produce cuando uno sale de los edificios con aire acondicionado y pasa a la calle, donde el sol, nuestro Terrible Lorenzo, nos aplasta. Pero eso no es así, como sabemos, en realidad en la calle hace un calor horrible, pero que sabe casi a fresquito, cuando uno entra en estos edificios, inteligentes como torturadores nazis, y el soplo del aire acondicionado es un escupitajo del infierno, que nos obliga a estar ocho horas aguantando a clientes (en verano a los clientes, más que nada, se los aguanta), sudando la gota gorda, aguantando a jefes que se han "agenciado" un aire portatil, que, ese sí, funciona, y llorando por salir a la calle y refrescarnos en los 40 grados de nada del exterior ¡Quién los pillara!

05/07/2005

Las Dichosas Colas

¡¡¡Puffff!!! Sé que semejante onomatopeya no parece muy técnica, pero así es como suena el recuerdo de las colas para un teleoperador.

Sea cual sea tu empresa, por mucho que parezca a punto de hundirse, aunque le falten cliente, aunque le falte dindero, aunque le falten en todos los departamentos buenas ideas, lo que parece que nunca le van a faltar son llamadas.

Es tan cómodo llamar por teléfono. Está claro que el tiempo es oro, de manera que cada cual prefiere llamar por teléfono para informarse sobre sus servicios, cuando no son servicios basados en la telefonía (negocios "Direct"), o cuando no son empresas cuyas oficinas de atención al cliente, en persona, en carne y hueso, se ocultan o son inexistentes.

Para el teleoperador esta compulsión aplicada al teléfono se llama cola. Uno está asignado a ciertas colas, logado en ciertas colas, tiene ciertos "skills", y enseguida se siente rodeado por todas partes, cuelga una llamada en la que vende un producto, en la otra informa, hace una tercera porque se le ha olvidado decir "no sé qué" a ese cliente pesado... y finalmente acaba cogiendo en su casa el teléfono con toda la excelencia del mundo: "Telechollo buenas tardes, le atiende Paquita..."