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02/08/2005

¡Ponte en mi lugar!

¡Póngase usted en mi lugar!

Esta es una frase habitual, prácticamente la señal más propia de toda una tribu de clientes. Son por lo general exigentes, y se han quedado con la sensación de que les están timando, no es la primera vez que llaman, sino la tercera o la cuarta y empiezan a darse cuenta de que no será la última.

No son especialmente simpáticos, o comprensivos, aunque se suelen explicar bien, y tampoco suelen tener mal trato de todo. Entre ellos suelen contarse los más inteligentes, y también los más irónicos, en fin no son llamadas especialmente malas, aunque dan quizás con la clave para poner un poco nervioso al teleoperador, que, por una parte, suele entender muy bien al cliente, y, por otra, se da cuenta en ese momento (una vez más) de lo limitados que son los medios para resolver las incidencias de los clientes.

La única lucha posible contra esta tribu es repetir todas las veces que sea necesario que "...Entiendo perfectamente su situación y se le está dando el mejor servicio con toda la rapidez de la que somos capaces, en breve se pondrán en contacto con usted..." Y así hasta el infinito.

Todo para no decir: "La empresa para la que trabajo le considera a usted un número entre cientos de miles, sus problemas sólo le interesan desde un punto de vista, digamos, estadístico, y en lo que a mí respecta es la persona número 50 con la que mantengo hoy una conversación desagradable y que personalmente no me interesa en absoluto, así que, ¿por qué no cuelga y me deja de dar la brasa por favor? Haga usted lo que haga, al fin y al cabo, si está -la cosa- por solucionarse, estese tranquilo que antes o temprano ya se solucionará". Más o menos, claro.